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Fordlandia  

 

Fordlandia,
Ed. Norma,
1997
pp. 276

 

Quarta di copertina

Harto de pagar sobreprecios por el caucho que le venden los ingleses, Henry Ford decide empezar a producirlo. Faraónico, como de costumbre, encarga a una comisión de notables que identifiquen un lugar en el planeta para montar la más fabulosa fábrica de la historia. El lugar elegido es el Amazonas y allí, sin vacilar, en un proyecto que involucra a los gobiernos de los Estados Unidos y Brasil, funda una ciudad, llamada, vanidad mediante, Fordlandia.
Pero, como es normal en los emprendimientos mesiánicos, nada responde a lo esperado. La selva que se busca colonizar es una lucha continua, un ámbito que invita a la locura y a la melancolía. De modo que el grupo de hombres que emprenden, como en el relato de Conrad, una avanzada del progreso, descubren rápidamente que ser pionero es una condición humana extrema, una peripecia alucinante, flanqueada a cada paso por el fracaso.
Basada en hechos reales, esta novela de Eduardo Sguiglia es un impecable relato de aventuras que narra con maestría una lucha perpetua: la de los hombres contra la naturaleza. Fordlandia, la ciudad, es el arma y el campo de esa batalla, y la contienda que se desarolla en ella es un reflejo exacto de las pasiones y las divergencias del alma humana.


La prima pagina

    El Moacyr, aquella mañana de junio, avanzaba despacio por el medio del río. El Tapajós tenía poco nivel durante el verano y estaba lleno de bancos de arena. Cerca de las orillas había remansos donde el agua parecía azul como el cielo. Por la escotilla podía mirar el río somnoliento, las nubes ondulantes, la selva que respiraba adormecida y todo el misterio del paisaje.
    Después de desayunar, encendí un cigarrillo y caminé hacia el puente de mando. Crucé la cabina de segunda, seguí por la cubierta y y subí la escalera de metal hasta donde estaban el capitán y sus hombres. El capitán, un inglés de rostro fino y bronceado, permanecía firme en el puente. Consultaba al baqueano, hacía anotaciones en una libreta y daba órdenes a su asistente quien las traducía de inmediato para el timonel. El timonel, un moreno que se había mostrado confiado, casi displicente, remontando el Amazonas, lucía ahora sudoroso y tenso, como quien aguarda una emboscada. Habían transcurrido cinco días desde que embarcamos en Belem, casi tres desde que abandonamos el curso del Amazonas en el puerto de Santarem y se suponía que, en unas horas más, tal vez a media tarde, arribaríamos a destino.

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